Capítulo II: El Eco del Destino
Almas que están destinadas a encontrarse
Jairo Arostegui
4/8/20262 min read
El Eco del Destino
Aquel primer encuentro en L’Héritage quedó grabado en la mente de Jairo como una cifra que se niega a cuadrar. No podía dejar de pensar en las palabras de María: "viva la inversión más peligrosa de su vida".
Días después, mientras Jairo caminaba por el vestíbulo del teatro entre un mar de gente, el aire se volvió denso, cargado de esa misma electricidad. Y entonces, la vio.
Ella estaba allí, apoyada en una columna de mármol, soltando su cabello dorado con un gesto que parecía detener el tiempo. En ese instante, Jairo comprendió que el bar de vinos solo había sido el prólogo. Don Juan lo decía mejor: "Hay almas que están destinadas a encontrarse porque son como dos estrellas fugaces que, habiendo viajado por galaxias distintas, fueron creadas para estallar en el mismo pedazo de cielo".
Él no se acercó con arrogancia, sino con la reverencia de quien confirma un milagro. Se detuvo a una distancia prudente, dejando que el silencio hablara primero.
—Dicen que el azar es solo el nombre que le damos al destino cuando no queremos admitir que estamos perdidos —dijo Jairo en voz baja—. Volver a encontrarte aquí, María Belén, me confirma que he estado esperando este momento desde antes de tener memoria.
Ella se giró despacio. Al reconocerlo, su risa —esa melodía ronca que Jairo ya presentía en sus sueños— asomó tímidamente.
—Es una apuesta muy arriesgada seguir a una desconocida hasta un teatro —respondió ella, con una chispa de desafío en su voz carrasposa.
—Soy hombre de pocas apuestas, pero de grandes certezas —respondió él, ofreciéndole una copa de un tinto chileno que acababa de pedir, profundo y con ese carácter ácido que ella tanto defendía—. Te he observado, Belén. He visto cómo te mueves y cómo te ríes de las cosas que los demás ignoran. Me he dado cuenta de que, aunque el mundo intente que seas solo una cifra más, eres una fuerza de la naturaleza.
Jairo dio un paso corto, solo para percibir el aroma a jazmín que ella desprendía. No buscaba imponerse, buscaba conectar.
—Sé que eres fuerte, que has construido murallas para proteger lo que amas —continuó él, bajando la voz hasta convertirla en una caricia—. Pero incluso las guerreras más valientes necesitan un lugar donde soltar la armadura. Yo no estoy aquí para ser un cliente más, ni un extraño que pasa. Estoy aquí porque las estrellas no se equivocan de lugar al caer.