Capítulo III: El Lenguaje de la Piel
Un contrato que el universo ya había redactado para ellos.
Jairo Arostegui
4/8/20262 min read
Capítulo III: El Lenguaje de la Piel
El murmullo de la gente en el vestíbulo del teatro comenzó a sentirse como un ruido blanco, lejano y carente de importancia. Jairo guio a Belén hacia uno de los balcones laterales, donde la luz de la luna se filtraba a través de los ventanales, bañando su cabello dorado en una plata líquida.
Allí, el aire cambió. Ya no olía solo a vino y teatro; olía a la cercanía de dos cuerpos que habían dejado de fingir que no se deseaban.
—Me gusta cómo me miras, Jairo —susurró ella, y su voz, esa carraspera suave que a él lo desarmaba, sonó más profunda en la intimidad de la noche—. Pero las palabras son seguras. Los hechos... los hechos son peligrosos.
Jairo no respondió de inmediato. Dio un paso hacia ella, acortando el espacio hasta que pudo sentir el calor que emanaba de su piel. Extendió la mano, no para tocarla aún, sino para delinear el contorno de su rostro en el aire, deteniéndose justo donde una onda rebelde de su pelo rozaba su cuello.
—El riesgo es la única forma de saber si estamos vivos, María Belén —murmuró él, su voz vibrando con una intensidad que hizo que ella contuviera el aliento—. He pasado mi vida calculando movimientos, pero contigo... contigo quiero perder la cuenta.
Él dejó que sus dedos finalmente hicieran contacto. Fue un roce ligero, casi imperceptible, en la curva de su mandíbula, bajando lentamente por su cuello. Sintió el pequeño escalofrío de ella, una respuesta eléctrica que ninguna muralla pudo contener.
—No eres una cifra, ni una inversión, ni una casualidad —continuó Jairo, acercándose tanto que sus labios casi rozaban los de ella, pero sin llegar a besarlos todavía—. Eres el incendio que no quiero apagar.
María Belén cerró los ojos, dejando que su cabeza se inclinara levemente hacia atrás, exponiendo la vulnerabilidad que solo muestra a quien realmente la descifra. Jairo colocó su otra mano en la cintura de ella, un agarre firme, posesivo pero cargado de una ternura que la hizo temblar.
—Si esto es una locura, Jairo... —susurró ella, abriendo los ojos, que ahora brillaban con un deseo que ya no intentaba ocultar.
—Es una divina locura —respondió él, citando el alma de su destino—. Y lo más sagrado que he encontrado en mucho tiempo.
En ese rincón oscuro, el tiempo se detuvo. El beso estaba allí, suspendido en el aire, una promesa que quemaba más que el propio acto. Jairo sabía que el primer beso no era el final, sino la firma de un contrato que el universo ya había redactado para ellos.